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domingo, 26 de octubre de 2014

Candelabro de cola: La insoportable levedad de la memoria


          Barrio de Santa Marina. Plaza del Conde de Priego. Uno de los muchísimos rincones de la ciudad cubiertos de un embrujo personal e inconfundible. Llámele usted solera, si lo desea, siempre y cuando destierre en el olvido el término “marco incomparable”, que ya a uno le cansa el no poder comparar nada. En dicho emplazamiento, venía yo a decirles, se inauguró el pasado sábado 18 de octubre un azulejo ubicado en las paredes del convento de Santa Isabel de los Ángeles. Sí, hombre, sí, usted lo conoce por San Pancracio y suele acudir casi todos los miércoles del año a realizar las peticiones correspondientes al mencionado santo. El magnífico azulejo, debido al diseño del prestigioso artista don Rafael de Rueda, representa a Nuestro Señor Resucitado. Y con la inauguración del mismo, al que antecedió la celebración de una Misa de acción de gracias y un Rosario con las imágenes de Santa Marina y de María Santísima Reina de Nuestra Alegría por las calles del barrio, se puso punto final a los actos conmemorativos del XXV aniversario de la bendición de la talla de Miñarro.


            En los prolegómenos previos al descubrimiento del azulejo en cuestión, tuvieron lugar un par de intervenciones orales en una de las cuales se vino a señalar al Hermano Mayor actual así como a su antecesor en el cargo como grandes responsables de lo que la Cofradía en sí es hoy día. ¡Ay! ¡Cuán desafortunadas palabras para echar por tierra el trabajo de otros Hermanos Mayores así como el de tantas otras personas que alguna vez ocuparon un cargo dentro de las distintas Juntas de Gobierno de la corporación! Así pues hoy me van a permitir tomarme la licencia de emplear estas líneas para repartir entre algunas personas varias raciones de rabitos de pasas.

Todo lo que una Cofradía es en un momento determinado en el tiempo no deja de ser ni más ni menos que el fruto de los esfuerzos y los desvelos de todos sus hermanos. Quede ello claro de antemano. Pero en un caso como el de la Hermandad de Nuestro Señor Resucitado, la Junta de Gobierno actual habría hecho bien en recordar a todos los asistentes al acto de cierre del XXV aniversario de la hechura de su Sagrado Titular que la misma fue posible gracias a la infinita generosidad de la madre de D. Joaquín Cabello Fernández (hermano de la corporación desde su nacimiento y quien ocupara distintos cargos en la Junta de Gobierno de la Hermandad, incluido el de Hermano Mayor), quien sufragó íntegramente el coste de su realización. En aquellos tiempos la Hermandad de Santa Marina se parecía a la actual lo que un huevo a una castaña: el paso de Cristo no tenía un oro reluciente, el guión de la Hermandad era de los más “discretos” de Córdoba, ni se podía soñar con la hechura de un misterio ni mucho menos con hacer una casa de Hermandad como la actual (de hecho los pasos se guardaban en la casa que el señor Cabello tenía en el barrio por supuesto sin coste alguno para la Hermandad). En actos como estos es cuando las Hermandades deberían de dar ejemplo de grandeza y señorío, olvidando rencillas personales y luchas internas. Magnífica ocasión perdida, señoras y señores miembros de la actual Junta de Nuestro Señor Resucitado. Es una pena. Una auténtica pena.


Marcos Fernán Caballero




ANEXO: Respecto al artículo De confusiones y actos dignos de poner el grito en el cielo” que publicamos en esta misma sección el pasado 21 de septiembre, seguimos recordando –como vamos a hacer semanalmente en esta sección- que el lienzo de Ntro. Señor de los Reyes (del siglo XVIII), continúa triste e incomprensiblemente tapado con la actual decoración de la capilla que ocupan los Titulares de la Hermandad de la Esperanza. Que no caiga en el olvido.











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