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domingo, 3 de mayo de 2015

A tiros contra la Virgen‏


En 1932, en plena democracia republicana, sólo una cofradía se atrevió a salir a las calles de Sevilla. Y fue recibida a balazos.

El resbalón mental de Podemos poco antes de las elecciones andaluzas, cuando la secretaria provincial de Sevilla de la formación de Pablo Iglesias, Begoña Gutiérrez, abogó por plantearse la pervivencia de la Semana Santa, nos obliga a recordar tiempos en los que la izquierda republicana quiso acabar con las procesiones y con cualquier manifestación pública de fervor por ser “inaceptables vehículos de proselitismo”, como diría Manuel Azaña.

El entonces ministro de la Guerra, en su famoso discurso de octubre de 1931 en Cortes, defendió el principio de que “España había dejado de ser católica” y sentó las bases de lo que la República entendía como respeto a la libertad de conciencia: “Aplicar a las órdenes religiosas no un principio de justicia, sino aceptarlas en el caso de utilidad pública y de defensa de la República […] y proscribirlas en razón de su temerosidad (sic) para la República”.

De los discursos para la galería, el Gobierno republicano pasó a los hechos y al tiempo que prohibió los crucifijos en todas las aulas, dio instrucciones para que las autoridades locales republicanas prohibieran las procesiones de Semana Santa y que esa “libertad de conciencia” quedara encerrada en el interior de los templos. En mayo de 1931 comenzaron los ataques, impunes, a los católicos. Esa impunidad consentida e incluso alentada por las autoridades republicanas jugó a favor del laicismo radical propugnado por Azaña. En 1932, la mitad de España se quedó sin procesiones. En 1933, toda España.

El Jueves Santo de 1932, a las cuatro de la tarde, sólo una cofradía sevillana, la de la Estrella, se asomó a la calle. Una mezcla de temor a las amenazas republicanas y buena parte de pobreza (la nueva constitución prohibía las subvenciones a los grupos religiosos), había mermado en pocos meses el número de cofrades hasta el límite de las exigencias para sacar un paso a la calle. El miedo invencible a que las imágenes fueran destruidas, como así ocurrió unos días después, cuando incendiaron la iglesia de san Julián y acabaron con la imagen de la Dolorosa que talló el gran Martínez Montañés, hizo el resto.

No ajenos a la locura de aquella República, pero sí valientes, los cofrades que estaban en el interior de la iglesia de San Jacinto decidieron sacar sus dos pasos: el Cristo de las Aguas y la imagen de Nuestra Señora de la Estrella.

Afuera, en la calle, una compañía de seguridad de caballería y un pelotón de la Guardia Civil esperaban la salida de los pasos. La multitud, que sabía de la decisión de “la valiente”, llenaba las calles de San Jacinto y Pallés del Corro y cuando las puertas se abrieron y se vio la Cruz de guía, estalló una ovación que sonó como una bomba en el ánimo republicano.

Saetas y lágrimas en la calle de las Sierpes

Las crónicas del día hablan de fervor, pero también de tranquilidad. Saetas y lágrimas llenaban la calle de las Sierpes cuando en la esquina con Santa María de Gracia, una turba comenzó a dar vivas al “comunismo libertario” y fue contestada con vivas a María Santísima. Las fuerzas de seguridad detuvieron a uno de los alborotadores, Luis Sánchez García, de 44 años; pero de inmediato una piedra lanzada contra la imagen del Cristo rebotó en la espalda de la talla y golpeó a un soldado.

Los fieles, indignados, se lanzaron sobre el vándalo, un dependiente de taberna de nombre Manuel Fernández Rozas, de 33 años, que sólo pudo ser rescatado por la Guardia Civil después de batallar contra el público que pretendía escarmentar (otras crónicas hablan de linchar) al detenido.



El Carbonero y el Pájaro

Pero lo peor estaba por llegar. Y ocurrió cuando los pasos enfilaron la entrada de la catedral por la puerta de San Miguel. Un grupo comenzó a lanzar petardos sobre el manto de la Virgen y sonaron disparos de pistola que agujerearon el palio de la Virgen. La multitud, en pánico, se dispersó, los pasos entraron al galope en la catedral y las puertas se cerraron. Un minuto después, unos pocos fieles templados comenzó a perseguir a uno de los hombres que había disparado contra la Virgen y que había salido huyendo hacia la plaza del Triunfo.

Uno de estos fieles fue Diego Jiménez Martínez, de 29 años, que consiguió alcanzar al fugitivo en la calle de Maraña y le arreó “un formidable bastonazo en la cabeza”, según se aseguró en el atestado. Incluso herido, el hombre se dio media vuelta y se encaró a punta de pistola con los agentes que le seguían a la carrera. Hubo intercambio de disparos, sin heridos, hasta que fue detenido en la calle de San Gregorio. La ira popular obligó a la Policía a custodiar al detenido en el portal de Diputación de la Benemérita hasta que la Guardia Civil terminó de cargar contra los fieles que pretendían apoderarse del pistolero.

Ya en comisaría, y según relató el ABC en su edición sevillana, se supo que el autor de los disparos se llamaba “Emiliano González Sánchez, de 21 años, soltero, natural de Alcázar de San Juan, de oficio carpintero y con domicilio en San juan de Aznalfarache”. Al detenido se le ocupó una pistola del calibre 6,35 mm. con dos cargadores; dos carnets de la CNT, uno a su nombre y otro al de un tal José Adame y un carnet de chófer. En su cuerpo, enrollada, llevaba la bandera del sindicato. Las fuerzas del orden habían trasladado a la misma comisaría a otros compañeros del sindicalista: Daniel Maceda, alias “El Carbonero”, Antonio Ibarra, alias “El Pájaro”, así como José Martín Bernal y Manuel Piña Lara.

La reacción gubernamental a estos gravísimos sucesos fue un fiel reflejo de la importancia que aquellas izquierdas republicanas daban al sometimiento de la Iglesia católica. Nada se hizo. Desde las tribunas de la mayoría republicana se señaló a los cofrades como culpables de haber provocado al pueblo con sus procesiones, “un vehículo de proselitismo intolerable en la España moderna”, como dijo la prensa de izquierdas de aquella época.

Dos años en el infierno republicano

La reacción gubernamental a los sucesos de 1932, y no sólo a los relatados de la Semana Santa, sino los ataques continuos a los sentimientos religiosos como la quema de iglesias y el estrangulamiento financiero al que la izquierda sometió a la Iglesia, terminaron con todas las procesiones de 1933. La Semana Santa quedó encerrada entre los muros de las capillas y los pasos se ocultaron detrás de muros de metal o en escondites secretos en los sótanos. La victoria de las derechas en noviembre de 1933 devolvió algo de paz a la Semana Santa de 1934 y todas las cofradías salieron de nuevo a las calles en 1935. En el caso de Sevilla ya sin interrupción salvo que el tiempo lo impida.

Escrito por J.A. Fúster en La Gaceta








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