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sábado, 7 de junio de 2014

La Lenta Cera Ardida: ¡Venga de frente! y La Saga de los Santiago



Blas Jesús Muñoz. La lenta cera ardida se acerca al mundo de abajo. Para ello hemos escogido una obra (¡Venga de frente!) de Juan María Gallardo Espinosa, publicada por ABEC Editores. Así, les mostramos la sinopsis de esta interesantísima obra que aparece en el sitio web de la editorial, amén de escoger un fragmento del libro en el que se detiene en las figuras de los afamados capataces Manuel y Antonio Santiago. Disfruten.

¡Venga de frente!, es una obra que da a conocer al lector el fenómeno y la evolución del mundo de los hermanos costaleros en la Semana Santa de Sevilla desde sus orígenes hasta nuestros días, desde una perspectiva de la realidad personal vivida por el autor.

En la primera parte del libro se trata el proceso de transición de los cagadores profesionales a los hermanos costaleros, el roll de los capataces en el periodo de transición, la difícil delimitación entre la devoción y la afición, los ensayos, la figura de los capataces no profesionales, el periodo de consolidación de las cuadrillas de hermanos costaleros, los tipos de cuadrillas de hermanos, la figura del costalero como héroe mal visto, el transito del costalero al ir y volver de la Catedral, las cuadrillas con poca calidad, los grupos de presión, el boom de los hermanos costaleros, la masificación de las cuadrillas, el ansia de ser costalero, las relaciones de los costaleros con las Juntas de Gobierno de las Hermandades, el alcance de la música y las bandas, los pasos que más pesan, el neo profesionalismo, los capataces que sacan varios pasos, los costaleros que repiten, los movimientos migratorios, el dinero en las cuadrillas de los hermanos costaleros, los profesionales sin remuneración, el futuro incierto, la ropa, el costalero anónimo, la imagen y la tecnología, y el adiós del costalero.

La segunda parte se centra en el estudio de algunos de los principales capataces con más repercusión en el mundo del costal, tales como; Antonio Santiago, los Ariza, Alberto Gallardo, Antonio Hierro, Luis León Y Rufino Madrigal, Juan Manuel Martin, Ismael Vargas, Manuel Villanueva, Manuel Vizcaya y Antonio Álvarez.

La Saga de los Santiago


Manolo había nacido en 1930, en la Puerta Osario, donde su padre regentaba una zapatería y él terminaba trabajando. A finales de los años cuarenta, su pasión por el costal le lleva a pedir a Rafael Franco la oportunidad de incorporarse a la cuadrilla que sacaba Los Caballos. El capataz accede, pues le conocía bien, debido a que el padre de Manuel era mayordomo de dicha Hermandad y el del conocido como "El Fatiga", gestionaba el cobro de las cuotas de varias hermandades, entre ellas el de la Exaltación. 


Tras salir algunos años, Manolo se retira. Posteriormente, y pasado el tiempo, se encomienda a la Virgen de la Hiniesta y le promete hacerse costalero suyo. Es allí donde conoce a Salvador Dorado y es igualado en la primera trabajadera, dándose la circunstancia que en la segunda iba otro costalero que después también sería capataz, Pepe Luque. Debido al cariñoso y humilde carácter que siempre tuvo Manolo, ese año, aprovechando la posibilidad del negocio familiar, regaló un juego de alpargatas a cada costalero del palio. Comienza ahí la genial relación que siempre mantenía con la gente de abajo y tanto lo caracterizó. Eso le brindó al año siguiente la posibilidad de ir con Salvador de "mirón", que era acompañarlo por fuera, pero sin tocar el llamador. Fue en su segundo año cuando, llegado el paso de palio de la hiniesta a la calle Duque Cornejo, Dorado le dio la oportunidad de llamar por primera vez, a partir de ese momento pasó a formar parte del equipo de ayudantes de Salvador Dorado, cuyo segundo hasta que falleció a mitad de los años sesenta, fue "Espejitos".

Siendo segundo de Salvador, continúa hasta 1977, y finalizada esa Semana Santa lo llaman de La Resurrección para que se haga cargo de la confección de la cuadrilla de hermanos costaleros. En la misma fecha lo buscan también del Cristo de Burgos para el mismo cometido y, aunque Manolo intenta respetar a su primero y que sea él el responsable compaginándolo con San Bernardo -cofradía que comandaba el Miércoles Santo-, no se mantenga firme y cada uno tira por un lado, rompiéndose así un binomio que había durado veinticinco años.

Durante el tiempo que trabajaron juntos se produjo el debut en Sevilla de una cuadrilla de hermanos en plena Semana Santa. No olvidemos que la primera vez que un paso sale exclusivamente con hermanos lo hace desde El Salvador y el capataz es Luis León, que cuenta con la ayuda de los responsables que entonces sacaban El Amor: Dorado y Santiago. Nos referimos al paso de gloria de la Virgen de Las Aguas, que lo estuvo haciendo en su palio de tumbilla -y que serviría de modelo al actual de la Virgen de Los Reyes- hasta finales de los setenta.

Este hecho dio lugar a que el anhelo de salir de costalero en Semana Santa corriese como la pólvora entre los jóvenes cofrades, llegando en 1973 en la Hermandad de Los Estudiantes y bajo el mandato como hermano mayor de Ricardo Mena Bernal, la creación de una cuadrilla únicamente compuesta por hermanos. Dicho sea de paso que, aunque realmente el Martes Santo todos eran hermanos, al principio de los treinta y tantos que acudieron sólo unos pocos eran de la universitaria corporación. Bajo el amparo de dicho dirigente y con el consentimiento del capataz, que es encandilado por el hecho de que sus hombres cobrarán la cofradía aún sin trabajarla, se organizan ensayos alrededor de los jardines de la Universidad. Dorado sacaba los pasos y dejaba a un par de hombres de confianza junto al aventajado Santiago, que era quien mandaba el ensayo; Salvador, mientras tanto, era entretenido al cobijo de algunas viandas en las tabernas de los aledaños, y sin darse cuenta germinó lo que no había sido más que un proyecto.

Al año siguiente se organizan cuadrillas de hermanos en El Amor y San Esteban y la fiebre se extiende a todas las hermandades. Llegado 1978, en que se conjugan las dos posibilidades, hermanos y profesionales, los asalariados acuden a que se les escuche en el Consejo General de Hermandades y Cofradías y se emite la prohibición de que se saquen pasos a la calle mandados por capataces no profesionales, intentando salvaguardar la profesión y el sustento de unos hombres que con su sudor y trabajo no sólo se ganaban la vida, sino que engrandecían la Semana Santa y la cristiana devoción. Esto no duraría más que un año, pues muchas son las hermandades que apuestan definitivamente por las cuadrillas propias de hermanos.

Manuel Santiago , que ya no estaba con Dorado, se unió a Ariza con la condición de que su hijo Antonio Santiago fuese con él. Entre 1978 y 1979, además de las ya citadas, los llaman de la Paz., Los Caballos, La Macarena, Los Javieres... el sueño va cuajando por todos los barrios e iglesias, eran años en que los costaleros disfrutaban sobremanera de los ensayos y la gente de a pie, incrédula, incluso acudía a verlos prepararse. Las convivencias posteriores a los entrenamientos acabaron de cimentar la incursión del hermano en el costal.


Antonio Santiago, hijo del genial Manolo, acompañó a su padre auxiliando a Salvador Dorado y a los Ariza, casi siempre en los pasos de Cristo, y más tarde salió de costalero en la de Los Caballos y Los Panaderos. Antonio entiende que la diferencia trivial entre los tiempos pasados y actuales, a nivel de cuadrillas, está en la falta de devoción que los profesionales tenían en un alto porcentaje y en el celo de casi todos los costaleros de hoy respecto a la imagen que portan por el hecho de ser hermanos. Las edades no son las mismas, pues antes había hombres más longevos en el trabajo. Nos lo ejemplifica con un peón de Salvador, "Catafra", poseedor de una descomunal fuerza, pues trabajaba en la Campsa y movía bidones llenos de combustible constantemente haciéndolo con una facilidad pasmosa; pues bien, ese hombre tenía la misma edad que el capataz y estuvo en activo hasta bien entrado en los sesenta años de edad, algo impensable hoy. Las cuadrillas envejecían y se renovaban muy poco, con lo que fueron muriendo por lo imperativo de vida natural.

La lealtad, la entrega y el espíritu de sacrificio también han sido disminuyendo. Antes una orden jamás era cuestionada por un costalero y hoy todo es criticado. Antonio invita a los costaleros a que trabajen con fidelidad a la Hermandad y las imágenes y no al capataz por muy acordes que sean sus ideas o cómodos que se encuentren bajo sus mandatos.

Confiesa sentirse tan a gusto en los pasos, que ni ha cobrado, ni cobra en ninguno de ellos, a pesar del "runrún" que no cesa a sus espaldas. Por ello no cree posible que se vuelva a las cuadrillas pagadas, pues si en 1976 un costalero de la Esperanza Macarena cobraba dos mil quinientas pesetas, hoy sería mucho el dinero necesario para sufragar este trabajo de carga, pero con gran nivel de especialidades, hablando en términos de salario de justicia.

En 2011 cumplió 40 años en el martillo y su retirada ni la tiene prevista ni la ve cercana, pues a su gozo personal une la satisfacción de ver como su hijo Antonio, tiene la misma pasión que él y la misma que el abuelo, y le acompaña delante en todos los pasos desde hace varias Semanas Santas, excepto en La Paz, donde trabaja en el último palo de fijador.

El penitente: rudo pero ganador

En el año 1972 Los Ariza dejan de sacar pasos y La Macarena, que era llevada por ellos, llama a Salvador Dorado, que llevaba veinticinco años en Los Gitanos. Hasta entonces los hombres de Ariza eran citados a las nueve de la noche en las inmediaciones del arco, de manera que no podían salir el Jueves Santo por la tarde.

Como condición sine qua non , Salvador propone que no sólo no dejará de sacar Los Negritos sino que, con la habilidad que poseía para conseguir las mejores condiciones para su gente, ésta Hermandad proporcionará un autobús que transporte a la cuadrilla desde la calle Recaredo hasta la Basílica. Además, no se produciría por éstas circunstancias menoscabo alguno en cuanto al jornal que recibirán sus hombres.

Observamos aquí dos cosas importantes, en primer lugar que se comienza a ver cierta exclusividad en La Macarena con sus costaleros, la supo jugar sus cartas con inmejorable suerte y conseguir las condiciones más favorables para sus peones, tanto en comodidad como en prestaciones monetarias, sirva así de muestra saber que a los pocos años de ir a La Macarena hizo un trueque con Rechi -capataz por entonces del Silencio- y se trasladó hasta San Antonio Abad. Concluida la primera "corría"  de la Madrugada, en la céntrica iglesia y mientras aún se escuchaban los sones gozosos de la banda de la Macarena, Salvador alertó a los suyos diciendo "¿Estáis escuchando por dónde va todavía La Macarena?  pues ya hemos terminado nosotros y además con el mismo sueldo..."

El reencuentro y la riña

Tras la ruptura entre Salvador Dorado y Manolo Santiago éstos se llevaron un tiempo sin verse. Quiso el destino que durante la Cuaresma de 1979 ambos se cruzaran fortuitamente por la calle mientras Manolo iba con su hijo Antonio. Salvador, a pesar de ser hombre de conocida aspereza en sus expresiones y modales, siempre había profesado gran cariño a "Antoñito" por conocerlo desde su nacimiento. Manolo, tras su característico beso al maestro -cosa que siendo muy suya no gustaba en absoluto a Salvador- preguntó por el discurrir de las cosas y cómo no, también de los pasos.

- ¿Qué tal va todo Salvador?
- Bien Manolo, todo bien... Bueno, todo no, hay algo que no me ha gustado en absoluto...
- ¿Qué he podido decirle yo, que tanto respeto su persona y su figura?...
- ¿Pues te parece poco haber dejado que el niño se meta debajo de los pasos?

Y es que Antonio había ingresado como costalero en la cuadrilla del misterio de Los Caballos.
Aún hoy Antonio no deja de sorprenderse al recordad aquella muestra de cariño de Salvador delante suya, pues era un hombre reservado para sus sentimientos y tosco en general.

Los besos

A día de hoy vemos como se ha extendido entre capataces y costaleros una manera de saludarse y demostrarse cariño que poco podría compaginar con la virilidad del trabajo duro y el esfuerzo físico, nos referimos a los besos. Rara es la reunión de costaleros donde no se ponga en práctica una desmedida letanía de besos entre los que se encuentran. Hemos llegado a un punto en que parece como si alguien que no fuese besado por otro no es del agrado de aquél. Ni tanto  ni tan calvo. Lo normal es alegrare al ver de nuevo a alguien que es amigo y con el que hace tiempo que no se habla, pero no es posible que se experimente semejante júbilo con todos los miembros de la cuadrilla.

En este sentido Antonio, al hilo de la anterior anécdota, nos cuenta que su difunto padre era muy dado a ello. Su humildad y bien hacer unidos a sus muestras de llaneza, le hacían alegrarse de ver a los costaleros, a los del equipo de capataces, a los miembros de las juntas de gobierno, a todos, y a todos abrazaba y besaba en la mejilla.

A pesar de que "El Penitente"  no era dado a ello y le comentaba su desaprobación, Manolo con su simpatía y sencillez lo seguía haciendo incluso con su jefe de llamador. De ahí que Antonio nos diga que no vería descabellado el asegurar que su padre impuso la moda de besarse entre la gente de las trabajaderas. Meramente anecdótico, pero digno de reseñar.



El cariño de los de abajo

Como hemos visto, ya desde muy joven, Antonio iba con su padre a las cofradías. Un año, yendo delante del Cristo crucificado de San Bernardo, Manolo decidió adelantarse y dejar a su hijo al mando. Estaban en la Avenida, enfilando hacia la Catedral, con lo que entre el gentío Antonio, entregado a la labor de mando, perdió de vista a su padre. Al parecer la "chicotá" fue más larga de lo que quería Manolo, con lo que apresurado se volvió a recriminar a su hijo tal actitud.

A juzgar por lo que ahora narramos, la reprimenda fue mayúscula, de tal manera que Antonio, que no tenía más de quince años aunque metidos en el cuerpo de un hombre corpulento, rompió a llorar de rabia. Ni pensaba que hubiese sido tan larga, ni que fuese el lugar, ni el modo de decírselo, pues toda la gente de alrededor se percató de aquello, el bochorno le pudo y no pudo reprimir el llanto.

Cuando Manolo tocó de nuevo el llamador para levantar el paso, se levantó el faldón delantero, y uno de aquellos costaleros de la afamada cuadrilla le dijo al capataz... "Manolo, ya te puede ir hacia delante si quieres, que nosotros no levantaremos el paso hasta que el niño vuelva a llamar, aquí el que manda es él" En ese instante Manolo comprendió haberse excedido y no tuvo más remedio que acceder a la petición de aquellos hombres que le dieron una lección de enseñanza y a la vez de reconocimiento del cariño hacia su hijo. "Antoñito" agradeció el gesto y aún hoy lo sigue recordando con nostalgia y orgullo, pues desde entonces y hasta ahora ha notado el cariño y respeto de los costaleros hacia su persona, tanto de los profesionales como de los hermanos.

La dureza de sus inicios en el costal

Recuerda como especialmente duros sus primeros años bajo el paso del Prendimiento, pues el escalón de estatura que había entre la primera y la segunda trabajadera era grande, y aquella delantera sufría la diferencia hasta que los palos fueron bien calzados. Eran fechas, en que Antonio trabajaba como médico en Huelva y cambiaba turnos de trabajo para no faltar a los ensayos y a veces se desplazaba con la hora justa y falto de descanso, desde Sevilla hasta la vecina ciudad onubense.

En Los Caballos, recuerda un año que, yendo en un zanco de la primera, notaba como el paso le iba dando una brega desmesurada y percatándose de ellos un costalero de los viejos, conocido por su habilidad en el acomodo de las ropas, se fue para Antonio y le dijo "...anda niño salte, que te voy a poner bien esa ropa". Antonio recuerda que cuando volvió a la trabajadera casi no llegaba al palo, y eso que no había tocado la morcilla más que un periquete. "El Vargas" , como era conocido el veterano costalero, era de los utilizados desde siempre por su padre y "El Penitente" para la hechura de la ropa de casi todos los que empezaban. Tenía una destreza en la elaboración y una pericia envidiada por cualquiera.

Su defensa para las exigencias de aquellos inicios eran su preparación y su juventud, Antonio practicaba piragüismo y entre su nutrición, el entrenamiento y la edad, cualquier dificultad era paliada con solvencia.



ISBN: 978-84-936907-5-5
Código: 20113
Páginas: 205
Formato: 17×24




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